Lecciones de barrio para una crisis moderna

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Nada nos enseña más sobre nosotros mismos que un buen drama personal. No una de esas semanas tontas que todos tenemos, y que en mi caso comienzan levantándome de la cama más tarde de lo que tenía previsto. Me refiero a un problema de verdad, un dramón.

Esos problemas gordos casi siempre llegan en forma de malas noticias: una enfermedad repentina, una brusca separación, un fuerte desengaño. Situaciones que nos ponen al límite y nos muestran verdaderamente quiénes somos y cómo nos comportamos ante las adversidades. Y nos damos cuenta que en realidad somos más fuertes de lo que pensábamos para unas cosas, y no tan buenos en otras que creíamos que sí. En eso consiste.

Hace unos años nos enteramos de que había una crisis por ahí, sería hacia finales de 2008. Pocos meses después esa ‘crisis’ llegó a nuestras casas y a nuestros bolsillos. Decir lo que pasó es una obviedad, porque lo seguimos viviendo: perspectivas truncadas, búsqueda de empleo a la desesperada, una generación perdida o casi perdida.

Pero ¿qué aprendimos de todo esto? ¿Cuáles fueron las lecciones de la crisis?

La principal de todas es esta: ahora todos nos conocemos mejor. Antes vivíamos más o menos felices pensado que todo el mundo es bueno, en el barrio, en España y en Europa. Sobre todo en Europa, gente seria. Ahora sabemos que en el barrio predomina la gente buena, que en España más o menos y en Europa… Eso lo dejo para el final.

Con la crisis aprendimos que sabemos ayudarnos y queremos ayudarnos. En persona, por supuesto, pero también recurriendo a las múltiples herramientas tecnológicas que hoy hacen posible más que nunca esta cultura del ayudarse, desde proyectos como MiBarrio hasta la economía del bien común o el consumo colaborativo. Las posibilidades son inmensas y aún no podemos prever las consecuencias sociales y culturales que esto traerá.

Pero también aprendimos que eso no es suficiente, y recuperamos el eslógan de Porto Alegre, el Foro Social Mundial de 2001 que dejó aquella frase de ‘otro mundo es posible’. Nada nuevo, porque ya lo había avanzado Herbert Marcuse en 1968 en El final de la utopía, afirmando ya en aquel momento que en el mundo se daban las condiciones materiales para lograr una igualdad si no plena, mucho más real entre todo los habitantes del planeta. Eso parece que se nos olvidó, pero ahora lo rescatamos de una forma mucho más viva y acorde a los tiempos.

Sucedió que un movimiento mundial de exigencia de mayores libertades y democracia se extendió por parte del mundo, con Democracia Real Ya y el 15M en España, pero cuya mayor expresión fue sin duda la Primavera Árabe, cuyas consecuencias incluso geopolíticas aún perduran. También en parte de África, con países como Senegal, donde parte de su población se movilizó para evitar un pucherazo en las elecciones. Y en EEUU con el movimiento Occupy Wall Street.

En España también aprendimos a conocernos mejor, especialmente entre gobernantes y pueblo. Descubrimos que el artículo 1 de la Constitución, sagrado como nos habían jurado y perjurado que era… pues no lo era tanto. “La soberanía nacional reside en el pueblo español.” Y en cambio se sacralizó en dos patadas el pago de la deuda externa por encima de los intereses nacionales. Ahí sí que nos conocimos bien, ¿eh?

Hemos aprendido que no está bonito socializar las pérdidas (rescates bancarios…) pero en cambio mantener privatizadas las ganancias.

También nos dimos cuenta de que a nada lleva la falta de diálogo con los nacionalismos, y que en cambio hay falta de tacto y sensibilidad en el caso catalán. Eso sí es un tema que nos pone nerviosos, por eso hace falta diálogo. Y aunque yo mismo me posicione como no-nacionalista, nunca seré anti-nacionalista, y aprendamos de cómo han resuelto las cosas en Escocia: referéndum y otra cosa. Eso es democracia, las más antigua de las actuales, por cierto.

Y ya que hablamos de Europa y de referéndums, por fin hemos aprendido cosas de la Unión Europea. Hemos aprendido que Europa habla alemán, y que  la UE tiene un déficit democrático importante desde el momento en que no es el Parlamento (representantes del pueblo) el que lo decide todo y sí la Comisión (representantes de representantes). Bueno, eso ya se sabía, pero ahora lo sabemos un poco más.

Hemos sabido que Grecia ha sido un desastre, en efecto. Pero que no hay por qué abocarlos a elegir entre el colapso de su economía o la doctrina económica neoliberal, que ya lo sabemos, lleva inevitablemente a una mayor desigualdad. Hemos visto cómo Atenas salía a la calle a celebrar el ‘no’ del referéndum a las condiciones impuestas por Bruselas, para unos días después aceptar su presidente Alexis Tsipras unas condiciones muy parecidas. Y no sabemos qué pasará, pero así ellos también se conocen mejor.

La parte buena es esta, que ya todos nos conocemos mejor y sabemos dónde estamos. Por eso comenzaron las operaciones de maquillaje para cada cual tratar de vender que ya no son eso, que son otra cosa. Pero las lecciones de la crisis están ahí.

La duda es saber por cuánto tiempo lo recordaremos.

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