El gran relato

Siempre me fascinó observar las manifestaciones de poder. Del poder y su contrapartida, la sumisión. Pues así como el líder necesita al seguidor, el poder pierde gran eficacia si no cuenta con quienes aceptan su voluntad.

Hace unos años andaba sumergido en comprender algo de la naturaleza humana cuando me topé con Desmond Morris y El mono desnudo, el cual analiza a la especie desde un enfoque puramente zoológico como primates, o más concretamente homínidos. Entre las características de nuestro comportamiento destacaba Morris dos rasgos estructurales: jerarquía y territorialidad. Sendos aspectos donde el poder encuentra su razón de ser y se “capilariza” en un enorme abanico de manifestaciones, en palabras de Michel Foucault.

Desde tiempo inmemoriales, con el fin de reducir la violencia inherente a todo ejercicio de poder, las sociedades humanas establecieron el relato como instrumento básico de justificación del orden social. Porque es a través suyo, cuando es compartido, que el poderoso encuentra seguidores y por tanto legitimidad.

Así el poder encuentra el campo abonado para modelar comportamientos individuales y sociedades enteras sin recurrir continuamente al uso de la fuerza.  Si lo pensamos, hay pocos fenómenos humanos que posean un rango tan amplio de actuación, y sucede de forma constante a lo largo de la historia.

Asumiendo la obviedad de que la violencia directa persiste, lo que no ha sido resuelto de modo alguno es la violencia económica, social o psicológica de unos grupos de poder sobre otros. Tampoco la violencia interior de la que habla Byun-Chul Han, inducida por el propio sistema de valores en que nos desenvolvemos.

El posmodernismo afirmó hace algunas décadas que la era de los grandes relatos habían muerto. Distintas visiones del mundo iban a verse obligadas a convivir en un mismo espacio y tiempo, lo que dio lugar entre otras cosas al relativismo: lo importante no son los hechos sino sus interpretaciones. Podríamos citar a Gianni Vattimo entre los defensores de esta idea.

Pero si atendemos conceptos de autores como Jameson y su “capitalismo tardío”, Bauman y la “modernidad líquida” o Zizek con “el desierto de lo real”, encontramos en todos ellos un hilo conductor, como señala Rosa María Rodríguez Magda en su obra Transmodernidad. Ese hilo conductor es la Globalización, la cual ejerce un poder que no ha creado ‘alguien’, porque es la acumulación de procesos sociales, políticos, culturales, medioambientales, científicos y tecnológicos. Pero que está aquí con todos nosotros, imponiendo realidades, y caracterizada por el tercer entorno del que nos habla Javier Echeverría: la nueva y absoluta hegemonía  de lo digital.

En todo caso, la nueva óptica relativista fue aprovechada rápidamente tras la caída del bloque soviétivo -única alternativa al Capitalismo- por ciertas élites político-económicas para crear un no-relato que tiene su gran punto de partida, al menos que yo recuerde, en 1992 con El fin de la historia y el último hombre, la célebre obra de Francis Fukuyama. Con notable éxito mediático, expuso que la Historia, como lucha de ideologías, guerras y revoluciones, había llegado a su fin tras la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría. La democracia liberal se proyectaba como triunfante del envite.

Esta explicación -aquí resumida- se instaló sin dificultades en gran parte de la opinión pública, la política y los medios de comunicación en años subsiguientes. Críticos como Noam Chomsky e Ignacio Ramonet pronto lo calificaron como un ejemplo de pensamiento único: un discurso que pretendiendo aparecer como neutral, cumplía el rol de favorecer al capitalismo global. El neoliberalismo, en suma.

Otros relatos, otras respuestas

La contracumbre de la Organización Mundial de Comercio en Seattle (1999), la creación del Foro Social Mundial en Porto Alegre y las manifestaciones o Contracumbre de Génova del G8 (ambas en 2001) dieron paso a una nueva forma también global de hacer política en las democracias occidentales, al margen de unas instituciones que se consideraba habían renegado del bien común y estaban por tanto deslegitimidadas.

También las herramientas de Internet jugaron un papel clave en la organización de estos primeros movimientos altermundistas. Primero el email, la web y los foros, más tarde blogs y redes sociales. El móvil hizo posible llevar Internet en el bolsillo, y con él la protesta se hizo ubicua. La propia Globalización integraba herramientas para cuestionarla, siguiendo la crítica de Jean Baudrillard sobre el mundo postmoderno. Pero ahora el contenido era real, no una mera acumulación de signos.

Pasado el auge de los movimientos antiglobalización -pero con la experiencia acumulada-, una segunda ola de movilizaciones sacude el mundo ya entrado el siglo XXI. Si las anteriores se desatan en occidente y se limitan a él, estas lo hacen en el norte de África, y de ahí se extiende al mundo árabe, Europa, EEUU y Corea del Sur, entre otros. Las fronteras culturales, si bien no desaparecen, demuestran mayor porosidad al menos en la exigencia  de más y mejor democracia, en una demostración sin precedentes de valores compartidos por millones de personas. Los efectos de la crisis económica iniciada en 2008 ayudan a ello, sin duda. De nuevo el descrédito del establishment político como hilo conductor. La frustración y hastío social se hace evidente.

¿Qué hacer en este contexto? La solución más extendida hoy por hoy es reformar dichas instituciones mediante la toma democrática del poder, confiando aún en ellas y no dándolas por muertas. La otra, eliminarlas y si acaso sustituirlas. En el primer caso con la tentación de generar un simple proceso de sustitución de las élites, que describieron Pareto y Mosca. O desde un punto de vista más amplio, una asimilación hacia lo aceptable por el sistema, según Marcuse. En el segundo, el salto al vacío y la incertidumbre absoluta, como se ha visto en las diferentes primaveras árabes.

Parece claro, eso sí, que hoy la Globalización es el gran relato del mundo. Como característica general a todo relato, es interesado. Y como rasgo particular, defensor de un statu quo escasamente democrático y exponencialmente desigualitario. Principales beneficiados son los grandes actores de la economía capitalista, especialmente los mercados financieros responsables de la gran crisis de 2008. Perjudicados son los demás, es decir, todos nosotros aguantando cada cual con sus propios medios. Los menos favorecidos caerán antes -ya están cayendo- incluso en un sentido existencial, nueva expresión de darwinismo social.

Mirando al futuro

¿Hacia dónde vamos entonces? ¿Podemos decir hoy que la Globalización tiene suficiente legitimidad? ¿Podemos hablar de ella como un relato socialmente aceptado y compartido? El auge del populismo de extrema derecha en Europa y EEUU también parecen negarlo, en una evasión hacia lo salvaje. ¿Tiene el humanismo respuestas para esto, o debemos buscarlas en el posthumanismo antropotécnico que postula Peter Sloterdijk?

Que la Globalización neoliberal está siendo el gran relato del mundo actual, es un hecho, así como los potentes intereses en profundizarlo y solidificarlo. El problema es si, parafraseando a Miguel de Unamuno, además de vencer, conseguirá convencer, continuando la actual tendencia en la configuración de unas relaciones de poder cada vez más concentradas, menos distribuidas y mínimamente democráticas.

Asegura Nicholas Carr que nos encaminamos hacia una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en Un mundo feliz que a lo que describió Orwell en 1984, en el sentido de que la opresión no será tan explícita, sino que partiendo de nuestras propias mentes y corazones se podrá instaurar en el mundo. “Renunciaremos a nuestra privacidad y por tanto reduciremos nuestra libertad voluntaria y alegremente, con el fin de disfrutar plenamente de los placeres de la sociedad de consumo. No obstante, creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece Internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir todos nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones (entrevista en Babelia, El País, 2011).

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