El ‘dolce far niente’

Panta rei. Todo fluye. Todo cambia y nada permanece. La frase se atribuye al filósofo griego Heráclito, luego recogida por Aristóteles en su famosa cita “no nos bañamos dos veces en el mismo río”.

En medio de este tedio veraniego, 2.500 años más tarde, contemplar nuestro entorno reabre sin embargo una vieja sensación que contradice a aquellos sabios. Se observa en las charlas de bar y en las paellas de domingo. En la política, las portadas del Marca y los dimes y diretes. En los cruces de semáforo a dónde coño ibas y si no viste que estaba en rojo. Que la vida sigue igual.

“Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”, declaraba Tancredi a su tío el príncipe Don Fabrizio en El gatopardo, la novela de Lampedusa adaptada al cine por Visconti. En ella se narra la invasión de Sicilia por las tropas de Garibaldi y las maniobras de la nobleza para conservar sus privilegios. Fue lo que dio origen a la expresión gatopardismo o lampedusismo: todo aquel cambio cuyo único fin es que todo permanezca.

Es la versión moderna del eterno retorno que Nietzsche recogía en Así habló Zaratustra. Lo vivido vuelve a la mente vez tras vez, en una repetición infinita e incansable. Para algunos era entonces el preludio de algo mayor, el Übermensch, el Superhombre. Nada de eso se espera por aquí.

Las crisis debilitan el consenso y desbarata los vínculos de confianza. Surgen los recelos, aflora el clan y se sospecha de todo. “En tiempos de crisis incluso se sospecha del cambio”, decía Enric Juliana analizando el origen del lampedusismo.

Tedio y crisis. La sensación de vivir anclados en un tiempo que no avanza. El presente permanente del que hablaba Eric Hobsbawm en la introducción a su Historia del siglo XX. “En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven”.

Una especie de burbuja donde nada sucedió y todo está por ocurrir. Una bomba explotó, pero no sabemos dónde. Algunas gentes naufragaron (¿quizá en Lampedusa?), pero cuándo, imposible recordarlo. Como esa tierra media de la consciencia donde no distinguimos sueño de realidad, así tampoco abrigamos hoy una visión clara de nuestro lugar en el mundo.

Lejos de ahondar en el individuo y sus relaciones presentes, ese continuo le aísla y difumina, negándole el momento de ser él y obligándole a llenar ese vacío mediante ‘el otro’ en ausencia de empatía, sujeto-objeto con el que conectamos a remoto y que ha de legitimar nuestra propia existencia.

El tedio. No soñamos con mundos distintos porque apenas ya soñamos. El saber pasó de moda, la transgresión sucumbió a lo corrección y el inconformismo se volvió enfermedad. “Valora lo que tienes”, nos dicen, cuando en realidad quieren decir “confórmate con eso”. Apáñate, sobrevive, ten hijos y no molestes mucho. Ser crítico es marginarse. Impugnar el presente es exiliarse. El ámbito medio se esfumó.

¿Qué hacer, entonces? “El hombre nunca puede saber qué debe querer” —relata Milan Kundera en La insoportable levedad del ser porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores”. Si queremos recuperar el rumbo, pues, necesitamos más que nunca de la filosofía.

La tecnología, con todo lo que aporta, decretó la normalización del tedio. Conectarse a las redes sociales, algunas fotos, firmar una petición, quizá. Algún mensaje indignado. De ahí a la descalificación y el insulto ocasional, tan reales, tan auténticos. Nuestra dosis diaria de protesta, pautada y autoadministrada. Ya nos sentimos mejor, algunos memes y vuelta a empezar. Y de fondo siempre esa voz que nos dice: no seas, no seas. Solo parece que estás ahí, acaso el mundo olvide que existes.

Solo a veces un chispazo, una descarga eléctrica nos devuelve a la condición humana y nos recuerda que estamos vivos. Ahora somos imbatibles. La pantalla nos muestra ese video que hace tiempo no salía, el del presentador furioso que va a ser despedido y ante la cámara corea un eslogan que la gente grita en sus ventanas a lo largo y ancho de la ciudad. “Estoy más que harto, y no quiero seguir soportándolo.”

Los ‘mataos’

Tengo que decir que nunca he tenido problemas con un ‘matao’, esa clase de pequeño delincuente urbano típico del paisaje humano de Las Palmas de Gran Canaria, que participó en la toma del Estadio este domingo y mandó el partido al carajo.

Creo que solo una vez me vinieron a robar, curiosamente frente a lo que hoy es la ‘Supercomisaría’. Yo tenía doce o trece años y me dirigía al CN Metropole a nadar, como todas las tardes, cuando tres o cuatro ‘mataos’ algo mayores que yo me rodearon. Mi hermano, a su vez mayor que ellos, pasaba por ahí y lo resolvió sin demora. Nunca más volvimos a verlos, y creo que fue entonces cuando se despertó mi curiosidad por este especímen que se mueve en masa, ataca en grupo y cuya aspiración en la vida es hacer el mono para obtener el mayor reconocimiento de sus pares.

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Mis amigos periodistas

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No estamos todos, pero estamos algunos.

Aún hoy solemos juntarnos y abrazarnos, hablar de periodismo y de cómo está el mundo, porque claro, eso hacen los periodistas. La foto fue a finales de enero en Madrid. Antes éramos más y teníamos mejores expectativas, pero nadie nos borra la sonrisa cuando volvemos a encontrarnos. Con ganas y buena suerte algún día todo cambiará, pero ahora cada vez brindamos menos y chateamos más. Menos físicos y más virtuales. Y eso jode.

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